Imaginación y fantasíaEspañol de España
El barquito pirata
Hugo quiere que su barquito pirata cruce el estanque entero, de una orilla a la otra.
En la otra orilla espera la abuela, con su taza de té. En la cubierta del barquito va una galleta de canela, la sorpresa. Hugo ha pintado en la vela una calavera sonriente.
—Ahí va, capitán Galleta —dice, y lo suelta.
El barquito da una vuelta. Luego otra. Luego se queda quieto, mirando los juncos.
—Así no, barquito —murmura Hugo.
Lo empuja con la mano. ¡Plof! El agua salpica y el barquito sale de lado, como un cangrejo. Hugo sopla desde la orilla, con las mejillas redondas como dos manzanas. El barquito se balancea un poquito y nada más.
Hugo se sienta en la hierba. Antes, todo el mundo sabía cómo hacer navegar un barco en este estanque. Ahora nadie se acuerda.
Junto al estanque hay un espantapájaros. Es un espantapájaros de los de aquí: siempre se da la vuelta hacia donde se juntan los cuervos. Hoy los cuervos se han posado todos en la valla, en fila, y el espantapájaros ha girado despacio, crujiendo, hasta mirarlos.
Los cuervos están ahí porque les gustan las semillas de girasol. Ninguno piensa en ayudar a nadie.
Pero Hugo se fija en algo. Todos los cuervos miran hacia el mismo lado, y las plumas de sus colas se levantan, todas juntas, hacia el otro.
—Eh, vosotros —dice Hugo—. ¿Por qué tenéis las plumas así?
—Croac —dicen los cuervos, que no contestan a nada más.
Hugo toca el aire con el dedo. Lo siente en la mejilla, suave, empujando desde la valla hacia la abuela.
—¡Es el viento! —grita.
Gira el barquito con cuidado, con la vela de espaldas a los cuervos. La calavera sonriente se hincha como un globo.
Y el capitán Galleta se va. Despacito, sin una vuelta, cruza el estanque entero.
En la otra orilla, la abuela estira la mano y coge la galleta. La taza tintinea. Y el viento sigue soplando suave en la vela, que aletea: flap, flap, flap.