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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol de México

El barquito de la alberca

—¡Ya casi llegamos al tesoro! —gritó Mateo, y el barquito pirata se balanceó en el agua.

Mateo era un niño chiquito con un sombrero de papel, y su barquito se llamaba Gaviota. Tenía una vela roja y una bandera con un dibujo de calavera sonriente. Mateo quería llevarlo hasta el otro lado de la alberca, donde esperaba el tesoro: una bolsita de galletas con forma de moneda.

Pero el Gaviota no se movía. Daba vueltas y vueltas, como una hoja en un charco.

—Sopla, Mateo —dijo su abuela desde la silla—. Yo solo vine a tomar mi té.

Mateo sopló. Sopló fuerte. El barquito se movió tantito y se quedó quieto otra vez.

—Muévete, Gaviota —pidió Mateo—. Muévete, muévete.

Entonces probó otra cosa. Metió la mano en el agua y la agitó para hacer olas. ¡Chap, chap, chap! Las olas empujaron al barquito… hacia atrás. Ahora estaba más lejos del tesoro.

Mateo se sentó en la orilla, con los pies colgando. Se quedó mirando. Vio que el sombrero de papel se movía. Vio que la ropa de su abuela, tendida en la cuerda, se hinchaba como una vela grande. El viento venía de un lado, siempre del mismo.

—¡Ya sé! —dijo Mateo—. Estaba soplando al revés.

Corrió hasta el otro lado de la alberca y se puso detrás del barquito. Esta vez no sopló. Se quedó quieto y dejó que el viento llenara la vela roja.

El Gaviota se movió despacito. Después más rápido. Cruzó toda la alberca, con la calavera sonriendo.

Tac. Chocó con la orilla, justo junto a la bolsita de galletas.

—¡Tesoro! —gritó Mateo.

Su abuela dejó la taza, tomó una galleta y la partió en dos. Mateo se comió su mitad y miró cómo el barquito se mecía, suave, suave, con la vela roja llena de viento.