Imaginación y fantasíaEspañol
El barquito pirata del sauce
Camila encontró un barquito pirata entre las piedras lisas del río. Era chiquito, como un zapato, y tenía una bandera negra con una calavera sonriente.
—Ven, barquito —dijo—. Vamos a navegar hasta la piedra grande.
Lo puso en el agua con mucho cuidado. El barquito se meció, se meció, y avanzó solo. Pero entonces sopló una brisa, fuuuum, y la bandera se llenó de aire. El barquito saltó de la orilla, voló por encima del agua y se quedó enganchado en una rama del sauce, muy arriba.
—¡Barquito! —gritó Camila.
La rama era larga y delgada, como un pelo verde. El barquito colgaba de la punta.
Camila saltó. No llegó.
Saltó otra vez, con los brazos estirados. Tampoco.
—Arriba, arriba, barquito —cantó—. Abajo, abajo, ven.
Una rana la miraba desde una piedra. Había venido a tomar el sol, y no pensaba moverse por nadie.
—Croac —dijo la rana, y cerró los ojos.
Camila buscó un palo y empujó. El barquito se balanceó, pero siguió agarrado. Empujó más fuerte y el palo se le escapó de las manos. ¡Plof!, cayó al río y se fue flotando.
Camila se sentó en una piedra. Miró el sauce. Todas las ramas se movían con el viento, muy despacito, de un lado a otro.
Y entonces se fijó en una cosa. Las ramas de abajo se doblaban fácil. Cuando una bajaba, la de al lado subía.
—¡Ya sé! —dijo.
Agarró una rama baja con las dos manos y tiró hacia abajo, despacio. La rama de arriba se inclinó. Camila tiró un poquito más, y la rama del barquito bajó, bajó, hasta rozarle la nariz.
El barquito se soltó y cayó en sus manos.
—Croac —dijo la rana, sin abrir los ojos.
Camila soltó la rama. Volvió a subir, suave, con un susurro de hojas.
Ya empezaba el atardecer. Arriba, las nubes se movieron solas y se juntaron despacio, hasta formar la figura del barquito pirata de ayer, con su bandera. Camila lo miró, con el barquito de verdad entre las manos, mientras el río sonaba tranquilo entre las piedras.