Imaginación y fantasíaEspañol (Argentina)
Lautaro y la estrella del patio
Lautaro quería devolver la estrella al cielo antes de que se hiciera de noche.
Había caído entre las macetas de su abuela. Era chiquita, del tamaño de una pelota, y brillaba como una linterna con las pilas nuevas. Cuando Lautaro la levantó, hizo ¡ting! y le dejó las manos tibias.
—No te preocupes —le dijo—. Yo te llevo a casa.
Miró alrededor. El cielo estaba muy alto. El patio tenía un árbol de limón con una rama larga que se estiraba hacia arriba.
Lautaro subió al árbol con la estrella en el bolsillo de la campera. Se estiró y estiró. Puso la estrella en la punta de la rama.
—Subí, estrella, subí.
Pero la estrella no subía. Se quedó ahí, brillando, y el cielo siguió igual de lejos.
—Probemos otra cosa —dijo Lautaro.
Bajó corriendo y buscó el tobogán de la pileta de plástico. Lo apoyó contra el árbol. Después trepó por el camino largo, dando la vuelta entera al patio, para no pisar los tomates. Era un atajo, pensó. Pero tardó tanto que, cuando llegó arriba, el sol ya se había ido.
—Ay —dijo Lautaro—. Por el atajo tardé más.
La estrella tembló un poquito. Su luz se veía cada vez más fuerte, porque ahora todo estaba oscuro.
Entonces Lautaro miró hacia arriba. Allá, entre las nubes, había un lugar vacío, un huequito sin luz. Y de ese hueco colgaba un hilo finito y brillante, que bajaba y bajaba hasta tocar la punta de la rama.
—¡Mirá! —dijo Lautaro—. Es tu hilo.
La rama se dobló y se dobló, pero no se rompió. Lautaro le acercó la estrella. El hilo se enganchó con un chasquido: ¡tic!
Y la estrella subió despacito, como un globo, hasta quedar en su huequito.
Lautaro se sentó en el tobogán. El limonero crujió una vez y se quedó quieto. Arriba, la estrella parpadeaba, y él le devolvió el parpadeo.