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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol (Argentina)

La puerta del taller

Detrás del serrucho colgado había una puerta chiquita, del tamaño de un gato. Tomás la vio un martes, cuando buscaba el martillo de su abuelo.

El taller estaba lleno de cosas a medias: un barco sin velas, un reloj sin agujas, una silla de tres patas. Tomás quería terminar el barco antes de que su abuelo volviera del mercado. Quería sorprenderlo.

Pero le faltaba la vela. Y la puerta chiquita tenía una llave que brillaba.

—Quizás ahí hay tela —dijo Tomás.

Giró la llave. Clic. La puerta se abrió y del otro lado había un lugar nuevo: un pasto azul, con hongos que hacían ploc cuando los pisaba. Sobre una rama colgaba una sábana blanca, ideal para una vela.

Tomás estiró la mano. Pero la sábana estaba muy alta, y la rama, en un rincón oscuro entre dos árboles.

Tomás tragó saliva. Primero saltó. No llegó. Después buscó un palo. Era corto.

Entonces notó algo. En el rincón oscuro, dos lucecitas se prendían y se apagaban. Eran luciérnagas, y se movían hacia la rama, una, otra, otra.

—Ah —susurró Tomás—. Alumbran el camino.

Respiró hondo y caminó detrás de ellas, paso a paso. El rincón ya no parecía tan oscuro. Había una piedra grande, justo para subirse. Tomás se paró en la piedra y alcanzó la sábana.

—Gracias, luciérnagas —dijo.

Las luciérnagas no contestaron. Estaban ocupadas, volando de acá para allá, porque era la hora de su baile.

Tomás volvió por la puerta chiquita con la sábana bajo el brazo. Cerró. Clic.

Justo entonces se oyó la voz del abuelo:

—¡Tomás! ¿Dónde está mi martillo?

—¡Acá, abuelo! —gritó Tomás, y lo levantó del banco, donde había estado todo el tiempo.

El abuelo se rio. Los dos ataron la sábana al palito del barco. Entró un poco de viento por la ventana, y la vela se infló, blanca y redonda como una luna. Del otro lado de la puerta chiquita, muy bajito, se oyó: ploc, ploc.