Cuerpo y sentidosEspañol de España
La botella de la corneja
Esta mañana, en la ventana de Emma, hay una botellita azul con tapón de corcho.
Emma sabe de dónde viene. En su pueblo, las cornejas piden prestada una sola cosa brillante y siempre devuelven otra distinta. Ayer una se llevó su cucharilla de plata. Hoy deja una botella vacía.
—Gracias, corneja —dice Emma—. Ya sé para qué la quiero.
Su abuelo está en la cama con un resfriado, y la ventana de su cuarto está cerrada. Hace muchos días que no huele la lluvia, y es lo que más echa de menos. Emma quiere llevarle el olor de la lluvia dentro de la botella.
Pero hoy no llueve. Hay sol y mucho polvo.
Primero lo intenta con el aire. Saca la botella por la ventana, la tapa deprisa y la abre otra vez. Huele a polvo. ¡Achís!
Luego lo intenta con agua. Llena la botella en el grifo y la huele. Huele a grifo. Tampoco sirve.
Emma se sienta en el escalón del jardín, con la barbilla en las rodillas. Entonces ve las nubes. Son grises y gordas como almohadas. Cae una gota en el camino seco. Plic.
Y sube un olor a tierra tibia, fresco y dulce.
—¡Ahí está! —susurra Emma.
Corre y pone la botella abierta junto al camino, donde caen las gotas. En ese momento, la corneja aterriza en un charco y se sacude con todas sus plumas. ¡Chof! Emma queda empapada, pero no suelta la botella. La tapa con el corcho, bien apretado, y sale corriendo hacia la casa.
En el cuarto del abuelo, mamá y él la miran, goteando como un paraguas.
—Mirad lo que traigo —dice Emma.
Tira del corcho. ¡Pop! El olor sale de la botella y llena el cuarto entero.
El abuelo cierra los ojos y sonríe. Fuera, la lluvia empieza a tocar en el cristal, plic, plic, plic, y los tres se quedan quietos, escuchando.