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Fabulada

Estaciones y climaEspañol de México

Ximena y el cuervo de la alberca

Ximena era la única niña de la granja que tenía un reloj de sol en el bolsillo, y era un reloj de sol de plástico, hecho de una tapa y un palito.

Ese día era el más largo del verano. Su abuela se lo había dicho: "Hoy el sol se va a quedar hasta tarde, Ximena". Y Ximena quería verlo irse. Quería estar despierta justo cuando se escondiera detrás del gallinero.

Pero la mañana apenas empezaba, y ya le dolían los ojos de tanto mirar el cielo.

"Voy a medir el día", dijo. Puso la tapa en el suelo, junto a la alberca vacía de los patos. El palito hizo una sombra larga y flaquita.

Entonces bajó un cuervo, plaf, y se posó en la orilla. Traía algo brillante en el pico.

"¡Ese es mi palito!", dijo Ximena.

"No, no", dijo el cuervo, aunque solo hizo croac. Soltó una cuchara de latón y se llevó el palito.

Ximena no se enojó. En esta granja los cuervos siempre se llevan una cosa y siempre devuelven otra. Todos lo sabían.

Pero sin palito no había sombra. Y sin sombra, ¿cómo iba a medir el día?

Probó con un dedo. La sombra salió gorda y temblorosa. Probó con la cuchara. La sombra salió chueca, y el viento la tiró.

"Hmm", dijo Ximena.

Se sentó a esperar, cansada. Entonces miró la alberca de los patos. Los patos habían llegado tarde, chapoteando, y la llenaron de agua hasta arriba. Y en el agua, muy quieto, flotaba el reflejo del gallinero.

Ximena se levantó. Se puso de pie en la orilla y vio su propia sombra, larga, larga, estirada sobre el pasto.

"¡Yo soy el palito!", gritó.

Se quedó muy derecha, con los brazos pegados. Cuando su sombra llegó a la cerca, hizo una marca con la cuchara. Y después, otra.

Al final de la tarde, su sombra era enorme y dorada. El cuervo volvió y dejó caer en su mano una piedrita lisa.

Ximena la apretó. Estaba tibia, como el sol que se iba despacito, despacito, detrás del gallinero.