Familia y hogarEspañol
La taza del patito
—¡Ay, se rompió la última taza! —dice la abuela desde la cocina, y Elena sale corriendo a ver.
En el suelo hay un montón de pedacitos blancos. Dentro de un ratito llegan tres amigas de la abuela a tomar el té. Elena quiere que todas tengan su taza, porque ella es la ayudante de la cocina.
—Yo encuentro otra —dice.
Cuenta en voz baja: una taza, dos tazas, tres tazas. Y falta una.
Primero prueba con un frasco de mermelada. Lo llena de té, pero el vidrio quema y hace clin, clin contra la cuchara. Lo deja en la mesa y se aparta.
Luego prueba con el azucarero. Es tan chiquito que el té se sale por los lados, y la mesa queda pegajosa.
—Una taza, dos tazas, tres tazas —repite Elena, y se sienta en el banquito a pensar.
La tetera empieza a cantar. Cada persona que la llena la hace silbar una canción distinta, y la de Elena siempre suena como un pajarito que sube una escalera. Elena mira hacia arriba, hacia la tetera, y entonces ve algo detrás de ella, en lo alto de la alacena. Es una taza pequeña, con un patito amarillo pintado.
—¡Mi taza de cuando era chiquita! —dice.
La abuela se ríe y la baja con cuidado. Elena la lava, la seca y la pone en la mesa con las demás. Una taza, dos tazas, tres tazas, ¡cuatro tazas!
Llegan las amigas. La más alta recibe la taza del patito y se la lleva a los labios. Al dejarla sobre el plato suena un «cuac» pequeñito, porque el asa chilla un poco.
—¡Cuac! —dice la amiga, y todas se ríen.
Entonces la tetera vuelve a silbar su canción de pajarito, y el vapor sube como una nube blanca sobre las cuatro tazas.