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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Argentina)

Mía y la manguera dormilona

Mía ya tenía puesto el casco rojo, y estaba subiendo al camión de bomberos con un pie en el escalón.

Ese día quería una sola cosa: lavar el camión hasta que brillara como una manzana. Era lo último que faltaba antes de la hora de la siesta.

—Primero la manguera —dijo Mía.

Fue hasta el cuartito del fondo. La canasta de las mangueras estaba vacía. El estante, pelado. Ni una sola manguera.

—¿Dónde estarán? —preguntó, y se rascó debajo del casco.

Buscó detrás de la puerta. Nada. Buscó debajo del banco. Nada, solo una bota vieja.

—Mangueras, mangueras, ¿dónde están? —cantó bajito.

Entonces pensó: "Si fuera una manguera larga y gorda, ¿dónde me dormiría?". Las mangueras se enrollan como caracoles. Y los caracoles buscan lugares tibios.

Mía miró el patio. El sol caía justo sobre el techo del camión. Y allá arriba, algo verde y enroscado se movía despacito.

—¡Ahí estás!

Trepó por la escalera. La manguera dormía hecha un rulo, calentita. Mía tiró de la punta. Pero la manguera no se movió.

—Vení, manguera, vení —dijo Mía.

Tiró más fuerte. Y de pronto la manguera se estiró, se desenroscó y salió disparada, ¡pum!, y Mía se sentó de golpe sobre el techo.

Pasó un perro dálmata, que vivía en el cuartel y andaba buscando su pelota. Miró a Mía, miró la manguera y siguió de largo sin ayudar. Solo quería su pelota.

Mía se rio. Bajó con la manguera al hombro, la conectó a la canilla y abrió el agua.

—¡Pssshhh!

El chorro subió y cayó sobre el camión como lluvia. Mía frotó con la esponja. El rojo empezó a brillar.

El dálmata volvió, mojado de pies a cabeza, con la pelota entre los dientes. Se sacudió. Las gotas saltaron por todos lados.

—¡Ay, qué fresco! —dijo Mía.

El camión brillaba, y en cada rueda se veía un pedacito de sol.