Cuerpo y sentidosEspañol (Uruguay)
El cepillo y el tronco que repite
Martina estaba subiendo la escalera del baño, escalón por escalón, con el cepillo en la mano. Era una escalera de madera que su papá había hecho para que ella llegara a la pileta.
Martina quería lavarse los dientes antes de dormir. Su pasta nueva sabía a frutilla y a ella le daba un poquito de miedo. Nunca había probado una pasta con tanto sabor.
—Primero lo primero —dijo Martina, y siguió subiendo.
Pero el último escalón estaba muy alto. Subió, subió, y todavía le faltaba uno.
En el baño vivía un tronco hueco, que su abuela había puesto junto a la bañera para guardar toallas. Era un tronco que repetía lo que se había dicho una hora antes. Nadie en esa casa lo encontraba raro.
Martina llegó arriba. Apretó el tubo y salió una lombriz rosada de pasta. Olió. Cerró los ojos. Y no se animó.
—No me animo —susurró.
Del tronco salió una voz que conocía bien:
—Primero lo primero.
—¡Ya sé! —dijo Martina—. Lo dije hace un rato.
Probó con poquita pasta, tan chiquita como un grano de arroz. Nada. Todavía le daba cosa.
Entonces se acordó de algo y miró el tronco. Una hora antes, mientras comía, había dicho algo muy distinto. Esperó un momento.
—¡Mmm, qué rica esta frutilla! —dijo el tronco con voz de Martina.
Era de la merienda, cuando comió frutillas con crema.
Martina se rio. Eran frutillas de verdad, y eso ya lo conocía.
Se puso el cepillo en la boca. Era dulce, como la merienda, pero fresquito. Cepilló arriba, cepilló abajo, cepilló las muelas del fondo.
—Plic, plic —hizo una gota que cayó de la canilla.
Se enjuagó y se miró en el espejo. Sus dientes brillaban como ventanitas limpias.
Apagó la luz. En la oscuridad, el tronco murmuró despacito, con la voz de Martina: «Primero lo primero». Y ella, ya con los ojos cerrados, todavía sentía en la boca un fresquito de frutilla.