Primeras vecesEspañol (Colombia)
Flores a su hora
—Mi diente se mueve, abuelo —dijo Isabella, y lo empujó con la lengua—. Quiero que se caiga hoy. Quiero guardarlo en mi cajita.
—Todavía no está listo —dijo el abuelo Tomás, con la regadera en la mano.
Estaban en el jardín de la abuela, donde cada flor se abría a su hora. Las amarillas, al desayuno. Las rojas, al mediodía. Nadie lo encontraba raro. Así era el jardín.
Isabella buscó un hilo en su bolsillo. Lo ató al diente, que se movía, y ató la otra punta a la reja. Pero el viento llegó y se llevó el hilo, que voló como una cinta.
—Otra vez —dijo ella.
Lo ató de nuevo. Fuuu, el viento se lo llevó.
Entonces probó con una manzana. Mordió fuerte. Nada. El diente seguía ahí, flojito y terco.
—Cada flor, a su hora —cantó el abuelo, regando las rosas—. Cada diente también.
Isabella se sentó en el pasto con sus tenis llenos de tierra. Miró las flores. Había un capullo, que es una flor todavía cerrada, gordo y verde, justo a su lado. No se movía con el viento. Estaba firme.
—Abuelo, ¿esta cuándo se abre?
—A la hora de las onces. Ya casi.
A Isabella se le ocurrió una idea. Ató el hilo al diente y la otra punta al tallo del capullo. Puso una piedra encima, para que el viento no se lo llevara. Y se quedó quieta, quietita.
El abuelo sacó dos galletas. Se sentó a su lado. Comió una y guardó la otra para cuando ella pudiera morder.
El capullo tembló. Se estiró. Se abrió de golpe:
—¡Pop!
El hilo dio un tirón. Isabella sintió un cosquilleo y algo pequeño le cayó en la mano. Era su diente, blanquito como un grano de arroz.
—¡Abuelo! ¡Salió con la flor!
—La flor lo hizo a su hora —dijo él, riendo.
Isabella apretó el diente en el puño. Sobre la reja, el hilo se movía despacito con el viento, y la flor nueva olía a miel.