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Fabulada

EmocionesEspañol de México

Chamarra de Abuelo

En el bolsillo de la chamarra de su abuelo, Itzel encontró un silbato de barro con forma de pájaro.

Abuelo se había ido lejos a trabajar. Itzel lo extrañaba tanto que se puso la chamarra, aunque le quedaba larguísima. Olía a pan y a lluvia. Él siempre silbaba una canción mientras barría, pero Itzel solo se acordaba de la mitad.

Sopló el silbato. Salió un «fiu» chiquito y desafinado.

—Tararí, tararí, tara… —cantó ella. Y se le acabó la canción.

Fue a preguntar. La panadera amasaba con las manos llenas de harina.

—Tararí, tararí, tara —tarareó—, y luego sube, sube, sube.

Eso estaba mal. Pero la panadera siempre tarareaba al ritmo de la masa, y se quedó sin más canción.

El vecino regaba las macetas.

—Tararí, tararí, tara —cantó—, y luego baja como una regadera.

Y la regadera hizo «chorrr» sobre sus zapatos. Itzel se rio, pero la canción seguía rota.

Se sentó en la banqueta con el silbato. Lo apretó fuerte y se le fue el dedo a un agujerito de la panza del pájaro. Sopló otra vez. Sonó una nota distinta, más baja.

Itzel miró el agujerito. Tapó uno. Destapó otro. Cada vez sonaba algo nuevo.

—Ay —dijo bajito—. Es que la canción no estaba en mi cabeza. Estaba en los dedos de Abuelo.

Probó despacio. Una nota que sube, una que baja, una que se queda esperando. Su dedo ya sabía dónde ir, como cuando te sabes el camino a oscuras.

—Tararí, tararí, tara —silbó el pájaro de barro, y esta vez siguió, y siguió, hasta el final.

Itzel la tocó otra vez, ya en su cuarto, con la chamarra de Abuelo cerrada hasta la barbilla. Afuera se oscurecía. La canción entera se quedó flotando en la habitación, tibia como el pan.