Primeras vecesEspañol (Argentina)
El botón mágico del subte
En el techo del vagón, las lucecitas redondas cambiaban de color solas, celeste, naranja, verde, nadie sabía por qué, y a nadie le parecía raro. Santino y su hermanito Mateo iban todos los sábados al subte, camino a la casa de la abuela. El trabajo de Santino era apretar el botón redondo que decía "abrir puerta". Le encantaba sentir el clic bajo el dedo y escuchar el "¡chuic!" cuando las puertas se abrían solitas.
Pero ese sábado el vagón era nuevo, plateado y brillante, y el botón estaba más arriba de lo normal.
Santino estiró el brazo. No llegaba.
—Dale, Santi, apretalo —dijo Mateo, saltando en su asiento.
Santino se paró de puntitas. Tampoco llegaba.
Le pidió ayuda a un señor alto que leía el diario.
—Yo bajo en la próxima —dijo el señor, sin levantar la vista.
El tren frenó. Las puertas no se abrieron. Santino sintió que el corazón le latía como tambor.
—¡Se nos va la parada! —gritó Mateo.
Santino miró el pasamanos de metal, frío y brillante como el hielo de la pileta en invierno. Tuvo una idea. Puso un pie sobre el caño bajo, se agarró fuerte con una mano, y con la otra, estirándose como una jirafa, alcanzó el botón.
¡Clic!
—¡Chuic! —hicieron las puertas, abriéndose justito a tiempo.
Bajaron corriendo, de la mano, riéndose. Afuera, en el andén, las lucecitas del techo del vagón se pusieron amarillas, como diciendo chau.
—La próxima apretás vos —le dijo Santino a Mateo.
Caminaron hacia la escalera, y detrás de ellos las puertas del subte volvieron a cerrarse con un suave "chuic", como si el tren también se despidiera.