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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol de México

El dragón de la chimenea

Mateo encontró un huevo azul en la chimenea de la abuela. Estaba tibio, y adentro algo hacía tic, tic, tic.

—Abuela, ¡hay un huevo en la chimenea!

—Ah, sí —dijo la abuela, sin dejar de tejer—. Los huevos aparecen ahí cuando hace frío.

Mateo quería una sola cosa: ver qué había adentro. Así que lo envolvió en su chamarra y se sentó a esperar.

Esperó un rato. Nada.

Entonces le cantó una canción. Tic, tic, contestó el huevo, pero no se abrió.

Entonces lo puso junto a la ventana, donde daba el sol. Tampoco.

Mateo se rascó la cabeza. Se fijó en que el huevo estaba un poco más frío que antes. Lo tocó con las dos manos.

—Ya sé —susurró—. Te gusta la chimenea.

Corrió a la sala. La abuela había apagado el fuego, pero las brasas aún brillaban rojas. Mateo puso el huevo sobre la piedra tibia, justo al lado.

Tic, tic, tic.

Una rajadura corrió por la cáscara, delgada como un hilo.

¡Crac!

Salió una cabecita azul con ojos redondos. Abrió la boca y soltó un estornudo: ¡ptchú! Una chispa salió volando y se apagó en la alfombra.

—Hola —dijo Mateo bajito.

El dragoncito parpadeó. Luego trepó por su brazo, se acurrucó en su cuello y se quedó muy quieto.

—Te dije que aparecen cuando hace frío —dijo la abuela, y le pasó una cobija.

Mateo se la echó encima de los dos. Las brasas crujían despacito. Y en su cuello, tibio como una taza de leche, algo empezó a ronronear.