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Fabulada

EmocionesEspañol (Argentina)

Nubecita y el charco al revés

Julieta encontró un charco que estaba pegado al cielo. Era un charco chiquito, redondo, y brillaba como una moneda.

Julieta era una nubecita blanca, la más pequeña del cielo, y quería una sola cosa: llover. Quería que sus gotas hicieran plin sobre la huerta de la abuela Rosa, donde crecían las lechugas y zumbaban las abejas.

Pero Julieta estaba triste. Las nubes grandes pasaban y soltaban lluvia a baldazos. Ella apretaba, apretaba, y no le salía ni una gota.

—Soy muy chiquita —suspiró—. No me sale nada.

Probó saltando. Nada. Probó soplando fuerte, con las mejillas redondas. Nada, solo un poquito de viento que movió las hojas de albahaca.

Entonces miró el charco pegado al cielo. Se asomó y vio, ahí adentro, a una nubecita de cara larga.

—Ay —dijo—. Ahí hay otra nube triste.

Una abeja pasó zumbando y se posó en el borde del charco. No venía a ayudar. Venía a tomar agua para su colmena.

—Permiso —dijo la abeja, y bebió un traguito—. Qué rico. Está tibio.

—No es un charco —dijo Julieta—. Es mi reflejo.

—Mmm —zumbó la abeja, y se fue a las flores.

Julieta se quedó mirando. Su reflejo tenía la panza redonda, hinchada. Se tocó la panza. Estaba pesada, pesada como una bolsita llena.

—Ah —susurró—. No me salía nada porque estaba juntando.

Dejó de apretar. Se quedó quieta, suave, y suspiró otra vez, pero largo.

Plin.

Cayó una gota sobre una lechuga. Plin, plin. Después cayeron muchas, finitas, haciendo cosquillas en las hojas.

Abajo, la abuela Rosa levantó la cara y se rio. Las abejas se escondieron en las flores, y la huerta olía a tierra mojada.

Julieta miró su reflejo. Ahora la nubecita del charco sonreía, y era un poquito más chica y más liviana.

Plin, plin, plin, seguía la lluvia.