Oficios y comunidadEspañol (Uruguay)
El huevo en el casco
Cuando Delfina abrió su casco, adentro había un huevo blanco y chiquito.
—¿Y esto? —dijo.
Una paloma gris la miraba desde la ventana del cuartel. Arrullaba bajito y muy seria. Era su huevo, claro.
Delfina era bombera, y ese día estaba lleno de trabajo. Había un gato en un árbol, una puerta atascada y una pileta que se desbordaba. Para todo eso necesitaba su casco.
¡Tilín, tilín, tilín! Sonó la campana.
—Perdoname, paloma —dijo Delfina—. Me lo tengo que llevar.
Estiró la mano. La paloma infló el pecho y picoteó el aire. ¡Chas!
Delfina probó con el casco de repuesto. Era tan grande que le tapó los ojos, y fue a darse contra el camión.
—Así no puedo —suspiró.
Tilín, tilín, tilín. La campana no esperaba.
Delfina miró el huevo. Estaba tibio. Miró a la paloma, que no se movía de al lado. A la paloma no le importaba el casco. Le importaba que el huevo estuviera calentito.
—¡Ya sé! —dijo Delfina.
Buscó una caja y la forró con su bufanda de lana, suave como un conejo. Puso el huevo adentro y dejó la caja en el asiento del camión. La paloma entró volando por la ventanilla y se sentó encima.
—Vamos juntas —dijo Delfina, y se puso el casco vacío.
Primero bajó al gato del árbol. La paloma arrulló desde la ventanilla. Después abrió la puerta atascada, y la paloma arrulló otra vez. Después cerró la canilla de la pileta, y la paloma miró todo el charco con un ojo, y después con el otro.
—Qué día ocupado —dijo Delfina, con las botas mojadas.
Al atardecer, el camión volvió al cuartel. El cielo se puso color naranja. Delfina se sentó en el escalón, con la caja en las rodillas y la paloma pegadita a su codo.
De pronto, dentro de la bufanda sonó algo.
Toc. Toc, toc.
Delfina contuvo el aire. La paloma dejó de arrullar.
Toc, toc.