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Fabulada

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El panadero de la nariz de harina

Pablo era el único panadero del pueblo con la nariz siempre blanca de harina. Y era también el único que se despertaba cuando todavía era de noche.

Cada mañana, Pablo quería lo mismo: que el pueblo oliera a pan calentito antes de que se abrieran las ventanas.

Esa mañana se levantó despacio. Se puso el delantal y bajó a la cocina. Todo estaba a oscuras y muy callado.

—Hoy haré pan de nueces —dijo.

Buscó la receta en el cajón, pero el cajón estaba vacío. La receta se había perdido.

Pablo se rascó la cabeza y se llenó el pelo de harina.

—A ver. Harina, agua, nueces… ¿y qué más?

Mezcló todo y lo metió en el horno. Esperó. Salió una bola dura y plana como una piedra.

—¡Toc, toc! —sonó al golpearla con los nudillos.

Pablo no se rindió. Lo intentó otra vez, con más agua. Salió una masa blanda, pegajosa como un chicle, que se le quedó pegada a los dedos.

—Uf —dijo—. Algo falta.

Se sentó en un taburete. Por la ventana empezaba a entrar una luz gris. Entonces oyó un ruidito en un rincón: pic, pic, pic. Era un ratón que sacaba de un saco unos granitos pequeños, y se los llevaba a su agujero.

Pablo miró el saco. Era el saco de la levadura. ¡Eso era! Su abuela siempre decía que el pan necesita algo vivo que lo haga crecer, y él lo había olvidado.

—¡Gracias, ratón! —dijo.

El ratón no contestó. Tenía mucha prisa con su desayuno.

Pablo mezcló la masa otra vez, ahora con un puñado de levadura. La tapó con un paño y esperó. La masa se hinchó, y se hinchó, y se hinchó, hasta empujar el paño como una barriga redonda.

La metió en el horno. Poco a poco, el olor a nueces y a pan tostado subió por la chimenea y se fue por las calles.

Una ventana se abrió. Luego otra.

Pablo sacó el pan, dorado y grande. Lo puso sobre la mesa y escuchó cómo crujía la corteza al enfriarse: crac, crac, crac. Fuera, el sol asomaba por el tejado.