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Fabulada

EmocionesEspañol de México

Nube Chiquita y el pozo

Valeria, una nubecita blanca, flotaba despacio sobre el campo, y no tenía ganas de nada. Las otras nubes pasaban rápido, panzonas y grises, soltando lluvia sobre las milpas.

—Yo también quiero llover —dijo Valeria—. Pero cuando lo intento, solo sale una gotita. Plin.

Las otras nubes ya se habían ido. Valeria se quedó sola, tan pequeña como un algodón.

Abajo había un pozo de piedra. Valeria se asomó a mirarlo y suspiró:

—Qué triste estoy.

—Estoy… —respondió el pozo—. Triste estoy…

Pero el eco llegó un ratito tarde, como siempre. Valeria ya estaba hablando de otra cosa.

—¿Por qué nadie me espera? —preguntó.

—Qué triste estoy —contestó el pozo, atrasado.

Valeria soltó una risita. Parecía que el pozo estaba triste por ella.

Entonces probó otra vez. Se apretó fuerte, fuerte, y salió una gotita. Plin. El pozo contestó: «Plin». Y ella se rio más.

—¡Otra vez! —dijo.

Plin. «Plin.» Plin, plin. «Plin, plin.»

Valeria se dio cuenta de algo. Cada gotita que soltaba caía en el fondo oscuro, y abajo el agua brillaba un poquito más. Si no se apuraba, el pozo tenía tiempo de cantar con ella.

Así que dejó de apretarse. Se aflojó, despacito, y empezó a soltar gotas una por una, con calma.

Plin. «Plin.» Plin. «Plin.»

Una niña llegó con su cubeta a sacar agua. Se detuvo a escuchar.

—Qué lluvia tan chiquita —dijo—. Y qué bonita.

—Bonita —repitió el pozo, un segundo después.

Valeria se quedó flotando encima del pozo, soltando sus gotas pequeñas. Plin. Y desde abajo, cada vez, le llegaba su propia vocecita, redonda y fresca, como una moneda que cae en el agua.