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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Argentina)

Los botines de abuelo

Valentina estaba parada en una silla, estirando el brazo hacia el estante más alto del placard. Abuelo llegaba en una hora, y ella quería darle algo.

—Los botines de abuelo —dijo—. Tienen que estar listos.

Eran unos botines de lana, rojos, que ella le había tejido con mamá. Abuelo los usaba cada vez que venía, y siempre decía: "Qué buenos que están, Valen". Pero esta vez estaban guardados en una caja, arriba de todo.

Valentina se puso en puntas de pie. Tocó la caja con un dedito. La caja se corrió un poquito más lejos.

—Mamá, ¿me ayudás?

—Estoy amasando, Valen. Fijate si podés vos.

Valentina bajó de la silla. Pensó. Agarró la escoba y empujó la caja. La caja se movió, pero la escoba se resbaló. ¡Plaf! La escoba cayó al piso.

Entonces Valentina miró el placard otra vez. Vio que el estante tenía un borde, y que la caja estaba justo al lado.

—Si tiro del borde de la manta —dijo—, tal vez la caja venga con ella.

La manta de lana estaba debajo de la caja. Valentina subió a la silla, agarró la punta y tiró despacito. La caja se deslizó, se deslizó, se deslizó... y cayó sobre la cama, blandita, sin hacer ruido.

Valentina abrió la tapa. Ahí estaban los botines, rojos y calentitos.

Justo entonces sonó el timbre. Ding-dong.

Valentina corrió a la puerta con un botín en cada mano. Abuelo entró sacudiéndose la lluvia de la campera.

—Mirá lo que te preparé —dijo ella.

Abuelo se sentó en el escalón de la entrada y se puso un botín, y después el otro. Movió los dedos adentro de la lana.

—Qué buenos que están, Valen —dijo.

Y las dos medias rojas se quedaron quietas, calentitas, junto a la puerta.