Imaginación y fantasíaEspañol
La puerta del jardín de las horas
Emma cruza el prado de noche con el reloj de su abuelo en la mano. Se lo ha prestado sólo un ratito. Tic, tac, tic, tac. Tiene que devolverlo antes de que él despierte.
Entre las luciérnagas, Emma ve una puerta redonda en la colina. Es muy pequeña. Ella quiere saber qué hay detrás, así que la abre y se agacha para pasar.
Al otro lado hay un jardín. Las flores están cerradas, pero una se abre con un suave ¡pop! y otra se queda dormida.
—Cada flor, a su hora —dice un caracol con una regadera diminuta—. No te preocupes. Aquí nadie se sorprende.
Emma mira el jardín un rato largo. Luego se acuerda del reloj y corre hacia la puerta. Pero la puerta ya no está donde estaba. Está junto a un tulipán rojo, un poco más lejos.
Emma corre hasta el tulipán. La puerta se desliza hasta una flor amarilla. Corre hasta la amarilla, y la puerta se va junto a una azul.
—¿Por qué se escapa? —pregunta Emma.
—Yo sólo riego —dice el caracol, y se va despacito.
Emma se sienta y respira hondo. Tic, tac, tic, tac, dice el reloj. Entonces ve que la puerta siempre se pone al lado de la flor que acaba de abrirse. Así que no hay que correr detrás de ella. Hay que adivinar cuál flor se abrirá después.
Emma escucha el reloj. Mira los capullos. Un capullo blanco tiembla al compás: tic, tac.
Se coloca a su lado y espera, sin moverse. ¡Pop! La flor blanca se abre. La puerta redonda aparece junto a sus pies.
Emma gira el pomo y sale al prado. Pone el reloj en la mesita de su abuelo, bajito, y lo oye: tic, tac, tic, tac.