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Fabulada

Estaciones y climaEspañol (Argentina)

La semilla que tarareaba

—Esta semillita quiere una casa de tierra —dijo la abuela, y Delfina salió corriendo al patio con la semilla en la palma de la mano.

Delfina quería verla crecer. Quería una plantita verde, chiquita, que fuera suya.

En ese mundo las semillas tarareaban, y a nadie le parecía raro. Esta hacía un «mmm» bajito, como una abeja dormida.

Delfina buscó un lugar. Se agachó, pellizcó la semilla con dos dedos y… ¡plin! Se escapó. Rodó por las baldosas y se metió debajo del banco.

—Vení para acá —dijo Delfina, y la sacó con la punta del meñique.

Probó con un dedo mojado. ¡Plin! La semilla saltó de nuevo, resbalosa como una gota.

Probó con una cuchara. ¡Plin! Otra vez, y esta vez rodó hasta la maceta rota.

Delfina se sentó en el piso y se quedó callada, mirando la semilla.

Entonces escuchó el «mmm». Lo escuchó clarito. Cuando acercaba la mano al balde, sonaba flojito. Cuando la acercaba a la pared, casi nada.

Caminó despacio, con la semilla pegada a la oreja. El «mmm» se hizo más fuerte, más fuerte, más fuerte, hasta que llegó a la puerta de la cocina.

Ahí estaba la bota de lluvia de su papá, la vieja, la amarilla. Estaba llena de tierra negra y blandita, y tenía un hueco adentro.

—¡Ah! —dijo Delfina—. Querés una casa con techo abierto.

Un gorrión bajó de un salto al borde de la bota y miró la tierra buscando migas. No encontró nada y se fue volando.

Delfina hizo un hoyito con el dedo, soltó la semilla y la tapó. Después le dio dos palmaditas.

Se quedó quieta, con la oreja pegada a la bota amarilla. Debajo de la tierra, muy lejos y muy suave, sonaba un «mmm».