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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol

El dragón de la niebla

En el pueblo de las Lomas Altas, cada tarde llegaba una niebla muy espesa. Era una niebla especial: guardaba todo lo que alguien dejaba en ella hasta la mañana.

Camila tenía un secreto, y era un secreto grande. Había visto al dragón del pueblo. Dormía detrás del molino, pequeño como un perro, con las escamas verdes y la nariz tibia. Camila quería que nadie lo molestara hasta que despertara solo.

Pero esa tarde llegaron los vecinos con una fila larguísima. Todos querían ver al dragón, porque el panadero había oído un ronquido.

—Yo llegué primero —dijo el panadero.

—Yo con mis tres hijos —dijo una señora.

—¡Empujan! —dijo alguien.

Camila se puso delante del molino.

—Todavía no es hora —dijo—. Está durmiendo.

—Solo un vistazo —dijeron todos.

Camila lo intentó otra vez. Les pidió que se fueran a casa. Nadie se movió. La fila seguía y seguía, y la paciencia de la gente se acababa.

Entonces Camila notó algo. La niebla ya subía por las piedras del molino. Todo lo que quedaba en ella se guardaba hasta la mañana.

—Escuchen —dijo Camila—. Dejen aquí sus ganas de mirar. La niebla las guarda hasta mañana.

—¿Las ganas? —preguntó el panadero.

—Sí. Díganlas bajito.

El panadero susurró: «Quiero ver al dragón». La señora susurró lo mismo. Los niños también. Cada susurro se hundió en la niebla, blando como algodón.

De pronto sonó un «¡PUUUF!» enorme. El dragón había estornudado, y la niebla se llenó de chispitas doradas.

Todos se rieron bajito. Después, uno por uno, volvieron a sus casas.

Camila se sentó junto al molino. La niebla lo cubría todo, y desde adentro llegaba un ronquido suave, tibio y lento: «frrr… frrr…».