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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol

La mantita de Camila

Camila encontró una mantita suave debajo de la cama, y la mantita estaba cantando. Hacía un ronroneo bajito, como un gatito dormido.

—Qué raro —dijo Camila—. Pero qué bonito.

En esa casa todas las mantitas ronroneaban un poco, así que nadie se asombró. Camila la apretó contra la mejilla. Era la más suave del mundo, y era suya.

Esa noche quería dormir con ella, como siempre. Pero cuando fue a buscarla a la cama, la mantita no estaba.

—¿Mantita? ¿Dónde estás?

Camila miró bajo la almohada. Nada. Miró dentro del armario. Nada. Se quedó muy quieta y escuchó.

Mmmrrr, mmmrrr.

El ronroneo venía de la sala. Camila corrió hasta allí. Levantó un cojín, y salió volando una pelusa. Pero la mantita no estaba.

—Mantita, ¿dónde estás? —susurró.

Mmmrrr, mmmrrr, sonó otra vez, ahora más lejos.

Camila pensó. Buscar y buscar no servía. Entonces se acordó de algo: el ronroneo se oía fuerte cuando ella se acercaba a la cocina. Y flojito cuando se alejaba.

—¡Ya sé! —dijo—. Es como jugar a frío y caliente.

Caminó despacito. Mmmrrr. Un paso más. Mmmrrr, mmmrrr, más fuerte. Camila se agachó junto a la canasta del perro Tomás.

Allí estaba la mantita, hecha un bollo. Y encima, muy serio, estaba Tomás, que roncaba con ella.

Mmmrrr, hacía la mantita. Fiuuu, hacía Tomás.

—Tomás —rió Camila—, ¿también quieres dormir con ella?

Tomás abrió un ojo y suspiró. Camila se acostó a su lado, en el suelo. Con mucho cuidado, estiró la mantita para que les tapara a los dos.

Mmmrrr, mmmrrr, cantó la mantita, calentita sobre la nariz de Camila, y la nariz de Tomás, y los ojos de Camila que se iban cerrando.