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Fabulada

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Mateo y la carta perdida

—¡Kikirikí! —cantó el gallo, y Mateo, el cartero, saltó de la cama y se subió a su bicicleta.

Era la hora en que todo el corral ya estaba despierto. La hierba tenía escarcha, y al pisarla hacía clin, clin, como campanitas. Mateo llevaba una carta especial para la abuela Rosa, de su nieto, que vivía lejos. Quería dársela antes del desayuno, para que ella la abriera con el café calentito.

Pero en la última granja, Mateo metió la mano en la bolsa y no encontró la carta.

—¡Vaya! —dijo—. Estaba aquí.

Miró otra vez. Buscó en la bicicleta. Volvió por el camino, clin, clin, clin, y miró debajo del puente. Nada.

Se encontró con tres gallinas picoteando.

—¿Vosotras habéis visto una carta blanca? —preguntó.

—Cloc —dijeron las gallinas, que solo buscaban gusanos, y siguieron a lo suyo.

Mateo se sentó en un montón de paja y suspiró. Entonces vio una plumita amarilla pegada a su bolsa. Y oyó, muy bajito:

—Pip. Pip.

Apartó la paja. Allí estaba un pollito, hecho una bolita, sentado justo encima de la carta.

—¡Ahí estás! —dijo Mateo, y tiró un poquito del sobre.

—¡PIP! —gritó el pollito, y se agarró fuerte.

Mateo probó otra vez, con más suavidad. El pollito se agarró más. Tenía frío, y el papel estaba tibio de haber ido en la bolsa, pegado a Mateo.

Mateo se quedó pensando. Luego se quitó su bufanda de lana, grande y suave, y la dejó en la paja.

—Mira, pollito. Esto es mucho mejor que una carta.

El pollito se asomó. Puso un pie en la lana. Después puso el otro. Se hundió hasta el pico, y la carta quedó libre.

Tenía una huellita en una esquina, pero se leía bien.

La abuela Rosa abrió la puerta justo entonces. Mateo le dio la carta, un poco arrugada, y detrás de él, en el cesto de la bicicleta, la bufanda hacía pip, pip, cada vez más despacito, hasta que solo se oyó el clin, clin de la escarcha al derretirse.