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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Argentina)

Pan tibio para todos

Ignacio quiere que el pueblo se despierte con olor a pan tibio.

Por eso el panadero se levanta cuando todavía hay estrellas. Esta mañana hay niebla, y Tomás, el gallo, canta la hora al revés, como siempre que hay niebla.

—¡Cuatro, tres, dos! —canta Tomás desde la cerca.

—Gracias, Tomás —dice Ignacio, bostezando—. Ya sé que es temprano.

Nadie en el pueblo lo encuentra raro. Así es el gallo con la niebla.

Ignacio amasa y amasa. Enciende el horno. Los bollos crecen redondos como globos. Ya están listos. Va a buscar la pala larga de madera, la que sirve para meterlos en el horno.

La pala no está.

Mira detrás de la puerta. Mira debajo de la mesa. Nada.

—¿Dónde se metió mi pala?

Prueba con una cuchara grande. El primer bollo se resbala y cae al piso. ¡Plaf! Tomás se asoma por la puerta, porque le encantan las migas, y se lo queda mirando.

—No te lo comas, que es para el pueblo —dice Ignacio.

Prueba con las manos, pero el horno está muy caliente. ¡Uf! Se las sopla.

Entonces mira alrededor. Ve la tapa redonda del barril de harina. Ve la escoba, con su palo largo. Los junta con un piolín, dando vueltas y vueltas.

Es una pala nueva, un poco torcida. Ignacio mete los bollos en el horno, uno, dos, tres. Después los saca, uno, dos, tres. La pala hace ñic, ñic, pero no deja caer ninguno.

—¡Cuatro, tres, dos! —canta Tomás, y picotea las migas del piso.

Ignacio abre la puerta de la panadería. La niebla se vuelve dorada. El olor a pan sale a la calle, y enfrente se prende una luz. Sobre la mesa, el pan recién hecho hace crac, crac, crac, mientras se enfría.