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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Uruguay)

Santino y el pollito de harina

Santino quiere sacar el primer pan del horno antes de que salga el sol.

Es el panadero del pueblo y se despierta cuando todavía está oscuro. Se pone la campera, enciende la lámpara y mezcla la harina con el agua. La lámpara de la panadería brilla más fuerte cada vez que alguien se ríe cerca. Por eso Santino siempre canta bajito y se ríe solo.

De pronto se oye algo.

—Pip, pip.

Santino se queda quieto.

—¿Quién anda por ahí?

Nadie contesta. Mira debajo de la mesa. Nada. Mira dentro del cajón de las cucharas. Nada. Mira detrás de la bolsa de azúcar.

—Pip, pip.

Suena acá, suena allá. Parece que el ruido se mueve.

—Así no lo encuentro —dice Santino—. Y la masa no me espera.

Entonces piensa. Agarra un puñado de harina y la tira al piso, suave, como si fuera nieve. Después se sienta en un banquito y espera.

Pronto aparecen unas huellitas, con tres deditos cada una. Santino las sigue despacio, despacio, hasta la canasta del pan.

Adentro hay un pollito. Tiene harina en la cabeza, como un gorro blanco.

—Pip —dice el pollito, y tiembla un poquito.

Santino se ríe, y la lámpara brilla fuerte.

—Ah, vos tenés frío. Por eso viniste al lado del horno.

Santino dobla un trapo tibio y lo acomoda en la canasta, bien cerca del fuego. El pollito se acurruca y deja de temblar.

—Ahora sí. Yo trabajo y vos te quedás calentito.

Santino amasa, amasa y amasa. Mete los panes en el horno y espera. Cuando los saca, están redondos como lunas chiquitas y la corteza hace crac, crac.

Por la ventana todavía no entra el sol. Pero en la panadería huele a pan tibio, la lámpara brilla amarilla, y en la canasta el pollito respira dormido, pip, pip, muy bajito.