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Camilo y los huevos de la mañana
Camilo quería llevarle a su abuela una canasta con seis huevos, sin romper ni uno.
Era granjero, de los pequeños, con botas amarillas y un sombrero que le quedaba grande. Cada mañana recogía los huevos del gallinero. Hoy tenía hambre de tortilla, y la abuela sabía hacerla como nadie.
La puerta del gallinero cantaba al abrirse: ni-na-no, ni-na-no. Nadie en la granja se asombraba. Así era la puerta.
Camilo metió la mano en el primer nido y sacó un huevo tibio. Lo puso en la canasta. Luego otro, y otro. Cinco huevos. Faltaba uno.
—¿Dónde estás, huevito? —preguntó.
Miró en el nido de la gallina Pinta. Nada. Miró detrás del comedero. Nada. Metió la bota en un charco que había dejado la lluvia, y chof, se le llenó de agua.
—Otra vez un charco y ningún huevo —suspiró.
Pinta lo miraba muy quieta, sentada en su rincón. Ella no tenía ganas de ayudar. Tenía ganas de seguir sentada.
Camilo probó otra cosa. Se agachó y buscó por debajo de las tablas. Solo encontró una pluma y un caracol.
Entonces se quedó callado, a ver si oía algo. Oyó el viento. Oyó la puerta: ni-na-no. Y oyó, muy bajito, un pip, pip.
Camilo se acercó a Pinta.
—¿Me dejas ver, Pinta?
Pinta se movió un poquito. Debajo de ella estaba el sexto huevo, calientito, con una grieta pequeña. Y de la grieta asomaba un piquito amarillo.
—¡Ay! —dijo Camilo, y se tapó la boca—. Este no es para la tortilla.
Con cuidado, puso la canasta en el suelo. Se sentó junto a Pinta, con sus botas mojadas, y esperó.
Pip, pip, decía el huevo.
Pinta se acomodó otra vez. La puerta cantó ni-na-no con el viento, y la mañana se quedó tibia y quieta.