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Fabulada

Primeras vecesEspañol (Colombia)

Un pez en el casillero

Cuando Samuel abrió su casillero nuevo, encontró un pez de papel azul. Estaba doblado con mucho cuidado, y tenía un ojo dibujado con esfero.

Era el primer día de escuela. Samuel quería una sola cosa: ponerse el letrero con su nombre y sentarse en la mesa de los pájaros. Su mamá le había dicho que allí se sentaban los niños que sabían contar hasta diez.

Pero el letrero no estaba. Samuel buscó en su mochila. Buscó debajo de sus tenis. Buscó dentro de la lonchera, junto a las onces.

—Aquí no hay nada —dijo, y se le puso la voz chiquita.

La maestra Lola pasaba con una caja de crayones. Tenía prisa, porque había veinte niños y solo dos manos.

—Ya vuelvo, Samuel —dijo—. Tú sabes buscar.

Samuel miró otra vez. Sin letrero no era Samuel. Era un niño sin nombre en un lugar muy grande.

Entonces probó otra cosa. Tomó un crayón del suelo y escribió en la mano: S. Pero la S parecía una culebra, y se borró con el primer apretón.

Samuel miró el pez azul. Le dio vuelta. En la barriga del pez había letras chuecas: SAMUEL.

—¡Eres tú! —dijo.

Lo abrió despacio, y el papel crujió: crrrac. El pez se volvió una hoja grande. Era el letrero, doblado por alguien que también estaba nervioso.

Detrás de la puerta asomó una niña con las trenzas torcidas.

—Lo hice anoche —susurró—. Para que el casillero no se sintiera solo. Es que yo me llamo Rita y tampoco sé contar hasta diez.

Samuel se rio. Pegó el letrero en su camisa y le dio la mano a Rita.

—Yo tampoco sé —dijo—. Contamos hasta cinco, y ya.

Se sentaron en la mesa de los pájaros. El pez azul quedó entre los dos, y la campana sonó: ding, ding, ding.