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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol (Uruguay)

El dragón de la escalera

Mateo encontró un huevo azul en el último escalón de la torre. Estaba tibio y hacía tic, tic, tic.

—¡Un huevo que respira! —dijo Mateo.

Mateo quería llegar a la cima de la torre para ver el mar. Pero ahora también quería saber qué había adentro del huevo. Se lo guardó en el bolsillo de la campera y siguió subiendo.

Cada escalón hacía una nota distinta, como un piano. Do, re, mi. Mateo subía y el huevo hacía tic.

De pronto, ¡crac! El huevo se abrió. Salió un dragoncito verde, del tamaño de un zapato. Estornudó y salió una nube de humo con olor a pan.

—Hola —dijo el dragoncito—. Tengo un secreto. Pero solo te lo cuento si me llevás arriba.

—Yo también voy arriba —dijo Mateo—. Vení.

Subieron y subieron. La torre era más larga de lo que parecía. El dragoncito se cansó y se sentó en un escalón. Ese escalón hizo fa, bien fuerte.

—No puedo más —dijo—. Las alas me salieron hoy.

Mateo pensó. Cargarlo era difícil, porque el dragoncito pesaba como una olla. Entonces notó algo. Los escalones cantaban, y cuando el dragoncito aleteaba, el aire también cantaba.

—Probá aletear al ritmo de los escalones —dijo Mateo.

El dragoncito aleteó: fa, sol, la. Se levantó un poquito. Mateo lo agarró de la mano, y subieron saltando, uno, dos, tres.

Llegaron a la cima. Allá abajo brillaba el mar, grande y quieto.

—¿Y el secreto? —preguntó Mateo.

El dragoncito se acercó a su oído.

—Los dragones —susurró— nacemos con ganas de ver el mar.

Mateo sonrió. Se sentaron juntos, y el escalón de abajo hizo un do suave, que se fue apagando con el viento.