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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol (Colombia)

El gran estornudo de Valentina

Valentina, la coneja, quería ganar el escondite por primera vez.

Su primo Mateo, el topo, contaba junto al manzano con los ojos tapados. Traía las onces en una bolsa y tenía mucha hambre, así que quería encontrarla pronto. Valentina corrió a su madriguera, la de los cinco túneles, y se metió en el más largo y oscuro. Su sombra todavía venía unos pasos atrás, como pasa siempre por la mañana, y entró cuando ella ya estaba sentada.

—¡Veinte! —gritó Mateo, allá lejos—. ¡Voy!

Entonces a Valentina le picó la nariz. Una pelusa de diente de león se le había metido adentro.

—Quieta, nariz, quieta —susurró.

Se pellizcó la nariz. La nariz siguió picando. Aguantó el aire hasta que las orejas se le pusieron calientes. Nada. Probó a pensar en cosas aburridas, como la sopa fría y las piedras. Tampoco.

Oyó las patitas de Mateo entrando a la madriguera.

—Quieta, nariz, quieta —dijo otra vez, muy bajito.

Pero la nariz no quiso.

—¡Aaaa… aaaa… CHÍÍÍS!

El estornudo sacudió el techo. Cayó un poco de tierra. Y los cinco túneles lo devolvieron todos a la vez: ¡chíís! ¡chíís! ¡chíís! ¡chíís! ¡chíís!

Valentina se tapó la boca con las dos patas. Ya la había encontrado, seguro.

Pero Mateo no venía. Se oían sus pasos yendo a un lado, luego al otro.

—¿Por dónde fue? —decía—. ¡Si sonó por todas partes!

Valentina abrió mucho los ojos. El estornudo había salido por los cinco túneles, y ninguno decía dónde estaba ella. Se sonrió. Cogió la pelusa que le quedaba en el bigote, se la acercó a la nariz y…

—¡Aaaa… CHÍÍÍS!

—¡Otra vez! —gritó Mateo, dando vueltas.

Al rato salió él por el último túnel, con tierra en la cabeza. Se sentó, abrió la bolsa y suspiró.

—Me rindo, Valentina. Ya no aguanto el hambre.

—¡Gané! —dijo ella.

Partieron el pan en dos. La sombra de Valentina por fin llegó y se quedó quieta a sus pies. Y en la madriguera solo se oía el crunch, crunch del pan, y la tierra que seguía cayendo despacito.