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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol (Uruguay)

La puerta del ropero

Detrás de los abrigos de la abuela, Mía encontró una puerta chiquita. Era del tamaño de un perro mediano y tenía una manija redonda como una cuchara.

Mía jugaba a las escondidas con sus primos. Ya habían encontrado a todos, menos a ella. Pero Mía no quería que la encontraran. Quería saber qué había del otro lado.

Giró la manija. Nada. La puerta estaba trabada.

—Abrite, puerta —dijo Mía.

La puerta no se abrió. Mía empujó con el hombro y empujó con las dos manos. Después se sentó en el piso y miró por la cerradura. Vio una luz verde, y nada más.

Entonces notó algo. Al lado de la puerta había una campera vieja colgada de un gancho, y en el bolsillo algo hacía un ruidito. Tintín. Mía metió la mano y sacó una llave del tamaño de un caramelo.

—Mirá vos —susurró.

La llave entró en la cerradura. Giró. ¡Clac! Y la puerta se abrió sola, con un chirrido largo.

Del otro lado había un huerto de duraznos. Estaban tan bajitos que Mía los alcanzaba sin estirarse. El aire olía a verano. Y bajo un árbol, una tortuga con un sombrero de paja dormía su siesta.

—¿Quién anda ahí? —preguntó la tortuga, abriendo un ojo.

—Soy Mía. Estoy jugando a las escondidas.

—Yo vivo acá —dijo la tortuga—. Y estoy cuidando los duraznos para la tarde.

Mía agarró uno. Era tibio, como un pan recién hecho. Le dio un mordisco y el jugo le corrió por el codo.

—¡Mía! ¡Mía! ¿Dónde estás? —se oyó muy lejos, desde el ropero.

Mía sonrió, con la boca llena de durazno.

—Ahora sí —dijo—. Que me encuentren.

Se asomó por la puertita y gritó:

—¡Estoy acá! ¡Vengan! ¡Traigan una canasta!

Y por la puerta chiquita llegaron los pasos de los primos, uno, dos, tres, y el huerto se llenó de risas.