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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol

Elena y el cepillo azul

Elena subía y bajaba el cepillo por sus dientes de arriba, con mucha espuma, cuando vio que algo se movía en la ventana del baño.

Era Pipo, el espantapájaros del huerto. Llevaba una tetera por sombrero y se asomaba por el cristal. Siempre giraba hacia donde se juntaban los cuervos, y esta noche los cuervos se juntaban justo allí, en el tejado del baño.

—Elena, ¿qué haces? —preguntó Pipo.

—Me cepillo los dientes. Quiero que se queden limpios y brillantes antes de dormir.

—Yo tengo un problema —dijo Pipo—. Los cuervos me miran. Y yo no sé cepillarme, pero tengo la boca llena de paja.

Elena se rio, con espuma hasta la barbilla.

—Tú no tienes dientes.

—Por eso. Dame un cepillo. Así los cuervos creerán que soy un espantapájaros muy serio.

Elena pensó. Solo tenía un cepillo, el azul. Se lo dio por la ventana. Pipo frotó la paja de su boca, pero el cepillo se enredó y se quedó atrapado.

—¡Ay! —gritó Pipo—. ¡Estoy atascado!

Elena tiró un poco. El cepillo no salía. Tiró otra vez. Nada.

Entonces vio que la tetera de Pipo se había torcido, y el pico apuntaba a la pasta de dientes. Elena tuvo una idea.

—Espera, Pipo. Tengo que hacer una cosa.

Llenó un vasito con agua tibia y lo echó con cuidado por el pico de la tetera. El agua bajó por la paja, resbaló por el cepillo, y plop, el cepillo salió y cayó en la mano de Elena, limpio y goteando.

Los cuervos se asustaron del ruido y se fueron volando.

—¡Gracias! —dijo Pipo, girando la tetera—. Ya no me miran.

—Ahora yo tengo que terminar —dijo Elena.

Se cepilló los dientes de abajo, uno por uno, arriba y abajo, arriba y abajo. Se enjuagó. Se miró al espejo y sonrió con todos los dientes.

Pipo ya miraba hacia el huerto, tranquilo. Afuera, el viento movía las hojas muy despacito, y en el baño solo se oía caer una gota, y otra, y otra, en el lavabo.