Primeras vecesEspañol de España
La bici de una sola ruedita
Martina es la niña más bajita de su calle, y tiene la bici más alta. Era de su hermano. Ahora es suya, y quiere aprender a montar sola por el pasillo del invernadero de la abuela.
Papá abre la caja de los ruedines. Dentro solo hay uno.
—El otro se perdió —dice—. Probemos con este.
Martina se sube. La bici se inclina hacia el lado del ruedín y da vueltas y más vueltas, como una peonza torcida.
—¡Me mareo! —dice.
—Otra vez —dice papá.
Otra vez, y otra. Siempre se tuerce hacia el mismo lado. Martina se baja y mira el ruedín solitario.
—Papá, quítalo. Con este solo me tuerzo.
Papá lo quita. Sujeta el sillín y corre a su lado. Martina pedalea despacio, muy despacio, y la bici se menea de aquí para allá. Papá la suelta un poquito. ¡Plof! Martina se sienta en el suelo, y un tomate maduro se aplasta contra su zapatilla.
—¡Mi tomate! —dice la abuela, sin dejar de regar.
El invernadero está caliente y huele a hojas. Sobre el banco, la tetera de la abuela empieza a silbar. En esa casa, la tetera silba una canción distinta para cada persona que la llena. Para la abuela silba una nana. Para papá, un trompeteo. Y ahora, que Martina la ha llenado, silba su canción: tilín, tilín, tiruliiin, rápida y redonda.
Martina escucha. Despacio se cae, piensa. La canción no va despacio.
Se sube otra vez.
—Tú mira —le dice a papá—. No me sujetes.
Pedalea al ritmo de la tetera. Tilín, tilín, tiruliiin. La bici deja de menearse. Pasa junto a los tomates rojos, y las hojas le rozan las mejillas.
Detrás de ella, la tetera sigue silbando su canción, y las ruedas giran, suaves, al mismo compás.