Cuerpo y sentidosEspañol (Colombia)
El frasco del olor a lluvia
Antonia quería guardar el olor de la lluvia en un frasco.
Empezó a llover sobre el granero, y ella subió corriendo al desván con su frasco de vidrio. Allí la paja estaba suelta y tibia. Antonia abrió la ventanita. Entró un olor fresco, a tierra mojada.
—Huele a lluvia —dijo, y cerró la tapa de golpe.
Esperó un poquito. Destapó el frasco y olió. Solo olía a frasco.
Lo intentó otra vez, más rápido. Ventana, tapa, nariz. Nada. El olor se escapaba antes de que ella pudiera cerrar.
En un rincón, la gallina Pepita daba vueltas sobre su nido de paja. Había subido a poner un huevo, no a mirar la lluvia.
—Cloc, cloc —dijo, muy seria.
—Ya sé, ya sé, no te molesto —susurró Antonia.
Se sentó en el suelo. Tenía los tenis empapados, y de ellos subía un olor. Antonia se agachó y los olió.
—¡Huele a lluvia! —dijo—. Mis tenis huelen a lluvia.
Pensó un momento. El olor no se quedaba en el aire, pero se quedaba en las cosas mojadas. Antonia fue hasta la ventanita. Allí la paja estaba húmeda, con gotas colgadas como perlas. Tomó un puñado y lo metió en el frasco.
Plic, plic, caían las gotas del techo.
Antonia cerró la tapa despacio. Contó hasta diez y la abrió.
Salió un olor a tierra mojada, a hierba y a mañana fresca.
—Huele a lluvia —dijo Antonia, muy bajito.
—¡Cloc! —dijo Pepita. Y se levantó del nido con un huevo tibio debajo, como si también ella quisiera presumir.
Antonia sonrió. Con el frasco entre las manos, escuchó cómo la lluvia seguía cayendo sobre el techo, plic, plic, plic.