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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol de México

La puerta de Camila

Camila era la única niña del pueblo que tenía una puerta en el patio y nada detrás de ella. Era una puerta azul, de madera, parada sola entre las gallinas y el tendedero.

Camila quería saber a dónde llevaba. Ese día se puso su chamarra amarilla, tomó aire y giró la perilla.

La puerta no se abrió.

—Ábrete, puerta —dijo Camila.

Nada. Camila empujó con el hombro. Empujó con las dos manos. Hasta se sentó en el suelo y empujó con los pies.

—Ay, qué terca eres —dijo.

Una gallina pasó picoteando junto a la puerta. Estaba ocupada buscando gusanos y no le importaba para nada la puerta.

Camila se quedó mirando. Se le ocurrió que nunca había llamado. Eso hace la gente cuando quiere entrar a un lugar nuevo.

Se paró derecha, se sacudió la chamarra y tocó con los nudillos. Toc, toc, toc.

—Permiso —dijo muy bajito—. ¿Puedo pasar?

Algo hizo clic dentro de la madera. La puerta se abrió despacito, y soltó un olor a pasto mojado.

Del otro lado había una loma verde, con un camino de piedritas. Allá arriba, un molino giraba despacio. Camila dio un paso, y luego otro.

—¡Cuac! —dijo algo junto a su pie.

Era un pato con un sombrero de paja torcido. Cargaba una canasta llena de huevos.

—Llegas justo —dijo el pato—. Voy al molino. Yo siempre toco antes de entrar.

—Yo también, desde hoy —dijo Camila.

Caminaron juntos por el camino de piedritas, y el pato se quedó chueco de tanto reírse cuando Camila resbaló en la primera.

Camila miró hacia atrás. La puerta azul seguía abierta, pequeñita, entre las gallinas y el tendedero de su casa.

Y arriba, el molino daba vueltas, vueltas y vueltas, con un chirrido que sonaba casi a canción.