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Fabulada

Familia y hogarEspañol de España

Un té para el abuelo

Lucía quiere preparar un té de hierbabuena para el abuelo antes de que llegue su coche.

Él siempre lo bebe con una ramita verde dentro. Hoy la ramita la va a cortar ella, en la huerta, entre las hierbas.

Pero la huerta está llena de matas que parecen la misma. Todas son verdes. Todas tienen hojitas. Y encima hay abejas por todas partes.

—Zzzz —dicen las abejas.

Lucía corta una hoja de la primera mata y la huele. Huele a pizza.

—Esto es orégano —dice—. El abuelo no quiere un té de pizza.

Lo intenta con otra mata. Pero tres abejas gordas se paran justo encima.

—Venid, abejas, apartaos un poquito —dice Lucía, y mueve las manos como un abanico.

Las abejas no se apartan. Se quedan donde están, muy contentas.

Lucía se sienta en el suelo con las rodillas dobladas. Mira las abejas. Todas están en las matas con florecitas moradas. En las matas sin flores no hay ninguna.

—Ah —susurra.

Cierra los ojos y piensa en la taza del abuelo, con su vaho caliente. Después se arrastra por la tierra, con la nariz por delante, olfateando mata por mata.

Tomillo, no. Romero, no. Una mata que pica en la nariz, no, no, no.

Y entonces, junto al grifo, donde la tierra está mojada, huele fresquito. Huele justo a té.

—¡Aquí estás! —dice Lucía.

Corta tres ramitas. En ese momento suena el coche del abuelo en el camino:

—¡Pi, pi!

Lucía corre a la cocina con las ramitas en el puño. El abuelo entra con su sombrero torcido y el agua ya está caliente.

Se sientan los dos junto a la ventana. La ramita da vueltas en la taza, y el vapor sube despacito. Fuera, las abejas siguen cantando, zzzz, zzzz, y el abuelo sonríe con la nariz metida en el té.