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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Colombia)

Campana en el patio

Santiago oyó la campana del cuartel, ¡clang, clang!, y salió corriendo en sus botas amarillas.

Santiago era bombero, y esa mañana quería una sola cosa: llegar al gato de la señora Rosa antes de la hora de las onces. Desde la mañana, el gato Bigotes estaba arriba del manzano y no quería bajar.

Santiago llegó con la escalera larga. La apoyó en el tronco y subió, peldaño a peldaño.

—Ven, Bigotes —dijo—. Ven, ven.

Bigotes lo miró, movió la cola y se subió a una rama más alta.

Santiago bajó, se rascó el casco y pensó. Entonces sacó de su bolsillo una lata de atún y la abrió. Tac. El olor subió por el aire.

Bigotes estiró el cuello. Pero no bajó. Miraba la lata y miraba a Santiago, como quien dice: «Tráemela tú».

—Qué gato tan terco —dijo Santiago.

La campana volvió a sonar a lo lejos: ¡clang, clang! Alguien más lo necesitaba, y el tiempo corría.

Santiago miró el árbol otra vez. Vio que la rama de Bigotes se doblaba un poquito con el viento, como un columpio. Y vio algo más: una manzana roja, redonda, colgada justo debajo del gato.

—¡Ya sé! —dijo.

Santiago subió muy despacio y movió la rama con suavidad. La manzana se balanceó. Bigotes la miró. Sus ojos iban de un lado a otro, de un lado a otro.

Entonces saltó. ¡Pum! Cayó de patas sobre el hombro de Santiago, atrapó la manzana con una pata y se la llevó al pecho.

—¡Eso no era para ti! —rió Santiago.

La señora Rosa aplaudió desde la puerta. Santiago bajó con Bigotes ronroneando bajo su chaqueta, tibio como una taza de chocolate.

Allá en el cuartel la campana sonaba otra vez. Santiago se acomodó el casco, y el ronroneo siguió, suave, contra su pecho.