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Fabulada

Primeras vecesEspañol de España

El hipo de campanita

Valeria tiene un hipo que suena como una campanita. Ding, hace, cada vez que le llega. Todo el pueblo lo sabe y a nadie le extraña.

Hoy es miércoles y Valeria va al médico con su mamá. Quiere una sola cosa: oír su corazón por el aparato de la doctora Inés.

—Dicen que hace pum, pum —cuenta Valeria—. Quiero oírlo yo.

—Pues vamos a ello —dice la doctora—. Solo tenéis que estaros quietas y calladas un momento.

La doctora apoya el aparato frío en el pecho de Valeria. Valeria aguanta el aire. Ding.

—Vaya —dice la doctora—. Solo oigo una campanita.

Valeria lo intenta otra vez. Se tapa la nariz e hincha los mofletes hasta ponerse roja como un tomate. Ding.

—Beberé agua —dice.

Bebe un vaso entero. Glub, glub, glub. Se le moja la barbilla. Ding.

La mamá se ríe y la doctora también. Valeria no se ríe. Se queda mirando por la ventana.

Allí, en lo alto de la colina, la luna ha bajado a que la pulan, como todos los miércoles. Dos pulidores le pasan los trapos muy despacio, en círculos grandes. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Nadie tiene prisa.

Valeria respira como pasan los trapos. Despacio por la nariz, despacio por la boca. La luna brilla un poco más con cada vuelta.

—Mirad —susurra la doctora—. Ya no suena.

Valeria no contesta. Sigue con los trapos: arriba, abajo, arriba, abajo. La doctora le pone el aparato en el pecho y sonríe.

—Ahora sí. Escucha.

Se lo coloca a Valeria en las orejas. Y allí dentro, muy cerca, algo late. Pum, pum. Pum, pum.

Un ding diminuto se asoma, como una despedida. Después solo queda el pum, pum, tan tranquilo como un tambor lejano, mientras la luna reluce en la ventana.