Cuerpo y sentidosEspañol de México
La nariz de Emiliano
Emiliano tenía una nariz que olía la lluvia antes de que llegara.
Un atardecer, sentado en la plataforma que colgaba de tres ramas del mango, arrugó la nariz. Olía a tierra mojada, a piedra fresca, a hojas que beben.
—Huele a lluvia —dijo.
Abajo, en el patio, la abuela secaba chiles sobre una manta grande. Si llegaba la lluvia, se mojarían todos. Y la luz ya se iba detrás del cerro.
—¡Abuela! ¡Huele a lluvia!
La abuela no oyó. El viento se llevó la voz.
Un loro verde se posó en la rama. Tenía su propia prisa: buscaba dónde dormir.
—Loro, dile a mi abuela que huele a lluvia —pidió Emiliano.
—¡Huele a lluvia! —repitió el loro, y bajó volando.
Se paró en el hombro de la abuela y gritó:
—¡Huele a sandía!
—¿Sandía? —dijo ella, riendo—. Qué rico, mañana compro una.
Y siguió con sus chiles.
Emiliano lo intentó otra vez, más despacio.
—Huele a lluvia. Lluvia. Llu-via.
El loro voló y gritó desde el hombro de la abuela:
—¡Huele a ensalada!
—Pues qué hambre tiene este loro —dijo la abuela.
El cerro ya se tragaba la última luz. Emiliano apretó la nariz con los dedos, pensando. El olor se hacía más fuerte. Entonces notó algo: el loro nunca se equivocaba con los sonidos. Los repetía igualito.
Emiliano chasqueó la lengua.
—Plic. Plic. Plic.
El loro lo miró. Luego bajó, se paró en el hombro de la abuela y dijo:
—¡Plic, plic, plic!
La abuela levantó la cara. Olfateó el aire.
—¡Ay! —dijo—. ¡Eso sí huele a lluvia!
Corrió, agarró las cuatro puntas de la manta y envolvió los chiles como un tamal gigante.
Emiliano se puso su chamarra. Cayó la primera gota en el techito de la plataforma: plic. Después otra. Y el patio entero olió a tierra mojada.