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Las gallinas de Vega
Vega caminaba por el gallinero con la cesta en el brazo. Cada mañana recogía los huevos de la granja, y cada mañana los llevaba a la cocina para el desayuno de la abuela.
Hoy quería llenar la cesta hasta arriba. La abuela había prometido tortitas, y para las tortitas hacían falta seis huevos.
Vega miró en el primer nido. Paja y nada más. Miró en el segundo. Una pluma.
–Qué raro –dijo–. ¿Dónde están los huevos?
Buscó debajo del banco. Buscó detrás del cubo. Nada.
–Gallinas, ¿habéis visto mis huevos? –preguntó.
–Coc, coc –contestaron las gallinas, y se fueron todas juntas hacia el huerto, con prisa, sin mirar atrás.
Vega las siguió de puntillas. Las gallinas pasaron entre las lechugas y se metieron debajo de la gran hoja de calabacera, que era ancha como un paraguas.
Vega se agachó. Levantó la hoja muy despacio.
Allí, en un hueco redondo y tibio, había seis huevos. Y encima de ellos, una gallina pequeña, de plumas moteadas, que la miraba muy seria.
–Ah –susurró Vega–. Aquí tenéis vuestro escondite secreto.
Las otras gallinas se quedaron muy quietas. Vega pensó un momento. Si se llevaba los huevos, las gallinas se quedarían tristes. Si los dejaba, no habría tortitas.
Entonces vio que la gallina pequeña se movía. Debajo de ella, algo hacía cric, cric.
Un huevo se rajó. Salió un piquito amarillo. Luego una cabeza mojada y despeinada.
–¡Un pollito! –dijo Vega.
Las gallinas habían escondido esos huevos para que nacieran. No eran para el desayuno.
Vega sonrió. Se quitó el pañuelo y tapó el nido con cuidado, como una manta.
Después volvió al gallinero y miró otra vez en los nidos, uno por uno. En el último, calentito, había un huevo grande y liso. Y en el de al lado, otro más.
Vega los puso en la cesta. Dos eran pocos, pero la abuela hizo tortitas pequeñas.
Y desde el huerto, bajito, bajito, llegó un pío.