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El bombero y el pastel
—Hoy es un día muy ocupado —dice Samuel, el bombero, y se ata las botas.
Samuel quiere hacer dos cosas antes del mediodía. Primero, llevar la cuerda larga a la señora Lola, porque su gata Pelusa se subió a un árbol. Después, llevar el pastel al cuartel, porque hoy es el cumpleaños del jefe.
Las dos cajas son azules. Samuel las sube al camión rojo y arranca. ¡Fiu, fiu, fiu! Suena la sirena, solo un poquito.
Bajo el árbol, la señora Lola mira hacia arriba.
—Pelusa no quiere bajar —dice—. Está mirando un nido.
Samuel abre la caja azul. No hay cuerda. ¡Hay un pastel con crema!
—Ay, las cajas se cambiaron —dice—. Hoy es un día ocupado, pero no tan ocupado.
Primero prueba con la escalera. Es corta. Sube y estira el brazo, pero Pelusa está más arriba. Luego la llama con voz suave:
—Ven, Pelusa, ven.
Pelusa ni se mueve. Sigue mirando el nido.
Samuel se rasca la cabeza. Entonces ve que la nariz de Pelusa se mueve: huele, huele, huele. Y no mira el nido. Mira el pastel.
Samuel sonríe. Pone un poquito de crema en la punta de un palo largo y lo levanta despacio.
Pelusa baja una rama. Baja otra. ¡Plof! Cae sobre el hombro de Samuel y lame la crema.
—¡Mi gata! —dice la señora Lola.
—Ya está —dice Samuel—. Ahora tengo que arreglar el pastel.
Mira la caja. Al pastel le falta un buen pedazo. Samuel pone una cereza donde estaba el hueco, y queda casi bonito.
Después busca la otra caja en el camión y la abre. Ahí está la cuerda, bien enrollada.
—Para otro día ocupado —dice.
Samuel se sienta en la acera con el pastel en las rodillas. Pelusa se acurruca a su lado y empieza a ronronear, rrr, rrr, rrr, tibia como una taza de leche. Arriba, en el árbol, un pajarito pía.