Primeras vecesEspañol (Uruguay)
Una visita a la doctora Lía
Renata quería que la doctora le escuchara el corazón sin que le diera risa.
Esa mañana fueron con mamá a la cabaña de la doctora Lía, al final del camino. En el porche había un banco colgado de dos cadenas. El viento lo mecía solo: cric, cráaac.
Renata miró hacia atrás. Su sombra todavía venía por el camino, despacito. En ese lugar las sombras siempre llegaban tarde y se ponían al día recién al mediodía. Nadie lo encontraba raro.
—Pasá, Renata —dijo la doctora—. Levantate la remera.
El estetoscopio estaba frío como una cucharita del freezer. Apenas tocó la piel, Renata soltó una risita.
—Quedate quietita —dijo la doctora—. Con tanta risa no oigo nada.
Renata apretó los labios. Se le escapó un resoplido. Probó contar hasta diez, pero se perdió en el siete y se rio más fuerte.
—Otra vez —dijo la doctora, sin enojo—. Tengo que ver a todos los chicos antes del almuerzo.
Renata se puso colorada. Cerró los ojos y trató de pensar en cosas aburridas. No sirvió de nada. Las cosquillas seguían ahí, como hormigas.
Entonces oyó algo por la puerta abierta. Cric, cráaac. Cric, cráaac. El banco del porche iba y venía, lento y tranquilo.
Renata probó una cosa. Cuando sonaba cric, tomaba aire. Cuando sonaba cráaac, lo soltaba despacio. Cric, aire. Cráaac, afuera. Las hormigas se fueron quedando dormidas.
—Ahora sí —susurró la doctora.
Se quedaron las tres calladas. Se oyó un tum-tum, tum-tum, tum-tum, rápido y suave, como un conejito corriendo por el pasto.
—Ahí está —dijo la doctora—. Sano y fuerte.
En ese momento entró la sombra de Renata, agitada de tanto correr. Era mediodía. Se pegó a sus zapatillas y se quedó quieta.
Renata sonrió sin reírse. Afuera, el banco seguía: cric, cráaac.