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Fabulada

Primeras vecesEspañol

La mochila amarilla de Sofía

Sofía quería colgar su mochila amarilla en el gancho de la ventana. Era su primer día en la escuela del árbol, y ese gancho era el que más le gustaba.

La escuela estaba en la rama más ancha de un árbol torcido. Para subir había una escalera. Subir eran nueve escalones, pero bajar eran doce. Nadie lo encontraba raro. Así era esa escalera, y ya está.

—Un escalón, otro escalón —dijo Sofía, y llegó arriba.

La maestra Lola sonrió.

—Bienvenida. Los ganchos van en orden, del más bajito al más alto. Cada niño cuelga su mochila en el que le toca.

Pero los niños no paraban. Mateo saltaba como un grillo. Las gemelas se agachaban y se estiraban. Sofía quiso contarlos para ponerlos en fila.

—Uno, dos… ¡Mateo, quédate quieto!

—¡No puedo! —dijo Mateo, y saltó otra vez.

Sofía los contó de nuevo y le salió otro número. Los contó una tercera vez y le salió otro más. Los niños no se quedaban quietos ni un momento. La rama hizo cric, y todos se rieron.

Entonces Sofía miró el suelo. Las mochilas estaban allí, amontonadas, y ninguna se movía.

—Las mochilas sí se quedan quietas —dijo en voz baja.

Puso la más chiquita primero. Luego una poquito más grande, y otra, y otra. La suya amarilla quedó en el medio. Al final puso la más grande de todas, la verde de Mateo.

—Ahora cada uno se pone junto a su mochila —dijo Sofía.

Los niños corrieron. Mateo se paró al lado de la verde, y por fin se quedó quieto. Quieto de verdad, aunque le temblaba un pie.

La maestra Lola aplaudió. Sofía colgó su mochila en el gancho de la ventana. Colgaba derecha, con las correas bien estiradas.

Afuera, el árbol se movió un poquito con el viento. La mochila amarilla se meció, tic, tic, contra la madera.