Familia y hogarEspañol (Colombia)
La lata que no se abría
—Ya no llores, Lupe, ya no llores —dijo Camilo.
Su hermanita había llegado hacía tres días. Era chiquita como un pan de queso y lloraba como una sirena. Camilo quería una sola cosa: verla sonreír.
Vivían encima de la panadería. Arriba, en el tejado, flotaba la nubecita gris que siempre seguía a esa casa y a ninguna otra. Nadie la miraba raro. Mamá le decía "la vecina".
Camilo recordó que en el estante alto había una lata de galletas. Adentro dormía su sonajero de cuando era bebé. Arrastró un banquito, se subió y bajó la lata con cuidado.
Tiró de la tapa. Nada.
Tiró más fuerte, con la cara roja y los tenis bien pegados al piso. La tapa no se movió.
—Ábrete, lata —susurró—. Ábrete, por favor.
La lata no le hizo caso. Lupe lloró más alto.
Camilo probó otra cosa. Metió la cuchara por la orilla y empujó. La cuchara se dobló. Entonces se sentó en el suelo, resoplando.
Fue ahí cuando lo notó. El horno de la panadería estaba abierto, y salía un aire tibio que olía a pan. Las bandejas recién sacadas echaban humo. Camilo tocó la lata. Estaba fría y apretada, como una mano cerrada.
—Ya sé —dijo.
Puso la lata junto a la bandeja caliente y esperó, contando hasta veinte. Después agarró la tapa con las dos manos y giró.
¡Pop!
La tapa saltó y rodó por el piso, ding, ding, ding, hasta chocar con una pata de la mesa. Lupe dejó de llorar de la sorpresa.
Camilo sacó el sonajero y lo sacudió. Chiqui-chiqui-chiqui. Lupe abrió los ojos grandes. Luego estiró un dedito y le agarró el mango.
Arriba, la nubecita soltó unas gotas sobre el tejado. Tic, tic, tic. Abajo, en la panadería tibia, el sonajero seguía sonando entre los dedos de Lupe, chiqui-chiqui, y ella hacía un ruidito nuevo, redondo y suave, que era casi una risa.