Familia y hogarEspañol
Los pasos de la caja nueva
—¡Pum, pum, pum! —sonaban las cajas en el camión de la mudanza.
Diego se tapó un oído y asomó la cabeza. Hoy se mudaba a la casa nueva. Lo que más quería era que su osa Tula llegara con él, sana y salva.
Tula era vieja y blandita. Diego la llevaba bajo el brazo desde que era muy pequeño.
Pero en la casa nueva, todo estaba cambiado. Había cajas por el suelo y ecos en las paredes. Diego dejó a Tula un momento sobre una caja para abrir una ventana.
—Un momentito, Tula —dijo.
Cuando se dio la vuelta, Tula no estaba.
—¿Tula? ¿Tula?
Diego oyó un ruido suave: ris, ras, ris, ras. Venía de una caja abierta. Miró dentro. Solo había papel arrugado.
—Aquí no estás —dijo.
Buscó detrás de la puerta. Buscó bajo la escalera. Buscó en la cocina, donde su mamá pelaba una naranja.
—¿Has visto a Tula?
—Mira bien, cariño —dijo ella—. Una casa nueva esconde las cosas.
Diego se sentó en el suelo, muy quieto. Ya no sabía dónde buscar. Entonces escuchó otra vez: ris, ras, ris, ras.
Esta vez no corrió. Siguió el ruido despacito, de puntillas. Llegó hasta la caja grande del salón. Dentro, el papel se movía solo.
Diego se asomó. De entre las bolas de papel salió un gatito gris, con una oreja arrugada. Y debajo del gatito, con una pata en el aire, estaba Tula.
—¡Tula! —gritó Diego.
El gatito maulló: «Miau». Era el gato de los vecinos y había entrado por la ventana abierta. Buscaba un rincón calentito para dormir.
Diego sonrió. Se sentó junto a la caja con Tula en el regazo. El gatito dio tres vueltas, se hizo una bolita sobre el papel y empezó a ronronear.
Ris, ras, ronroneaba el papel. Y la casa nueva, poco a poco, dejó de sonar a eco.