Cuerpo y sentidosEspañol
Sofía y el olor de la lluvia
Sofía estaba sentada en el escalón de la puerta, con la nariz levantada, olfateando el aire.
—Huele a tierra mojada —dijo—. Pero todavía no llueve.
Ella quería encontrar de dónde venía ese olor. Era su olor favorito, y quería guardarlo en un frasco para el día en que no hubiera nubes.
Cogió un frasco de mermelada vacío y lo destapó. Lo agitó en el aire. Sniff, sniff. Lo cerró de golpe.
Lo abrió en casa. Olía a mermelada de fresa, nada más.
—Ay —dijo Sofía—. El olor se escapó.
Volvió al jardín. Esta vez metió el frasco en el aire como quien atrapa una mariposa. Lo tapó. Lo abrió. Mermelada otra vez.
Entonces pasó una hormiga cargando una miga enorme. No venía a ayudar. Tenía prisa, porque las hormigas siempre tienen prisa, y se metió bajo una hoja grande.
Sofía se agachó para mirarla. Y allí, bajo la hoja, el olor era más fuerte. Olía a tierra oscura y fresca, como un pan recién abierto.
—¡Ahí estás! —susurró.
Metió un poquito de tierra en el frasco. Con un dedo, nada más.
Plic.
Una gota cayó sobre la tapa. Plic, plic. Cayó otra en la nariz de Sofía. Cayeron muchas, y el jardín entero se llenó de aquel olor, tan grande que ya no cabía en ningún frasco.
Sofía soltó una risita y dejó el frasco en el suelo, sin tapa.
Se quedó quieta bajo la lluvia, respirando hondo. Las gotas tamborileaban en las hojas, en el escalón y en el frasco abierto. Y el olor a tierra mojada subía y subía, tibio y suave, hasta llegar a su nariz.