Saltar al contenido
Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol

El estornudo de la nariz de Daniela

Daniela encontró una pluma gris en el alféizar, justo entre la maceta del tomillo y la del cactus pequeño.

—¡Qué pluma tan grande! —dijo.

Era de un búho, y ella lo sabía. El búho dormía todo el día en el árbol de enfrente, y Daniela quería verlo abrir los ojos. Solo una vez. Pero mamá había dicho: «Todavía no, está dormido. Nadie despierta a un búho».

Así que Daniela se quedó quieta, con la pluma en la mano.

Y entonces la pluma le hizo cosquillas en la nariz.

—Ah… ah… ah…

—¡No! —susurró Daniela, y se tapó la nariz con los dedos—. ¡Ahora no!

Aguantó. Apretó los labios. Contó hasta tres. Pero el estornudo seguía ahí, hinchándose como un globo.

Probó otra cosa. Metió la cara en su camiseta.

—Ah… ah… ah…

No servía. El estornudo quería salir.

Daniela miró la pluma. Miró la ventana. Miró la maceta del tomillo, que olía fuerte y rico.

Entonces tuvo una idea. Se asomó muy despacito, se puso la mano en forma de cuenco delante de la nariz y se dio la vuelta hacia el cuarto, lejos del árbol.

—¡¡ATCHÚ!!

Fue tan fuerte que el cactus se movió y la pluma salió volando. Dio una vuelta en el aire. Luego otra. Y bajó, bajó, hasta posarse en la rama del búho.

Daniela dejó de respirar.

En el árbol, algo grande y redondo se movió. Un ojo amarillo se abrió. Después, el otro.

El búho miró la pluma. Miró la ventana. Miró a Daniela.

—Uuu —dijo muy bajito, como si todavía soñara.

Daniela sonrió sin hacer ruido. Después levantó un dedo y se lo puso en los labios.

El búho parpadeó una vez, despacio. Y volvió a cerrar los ojos.

En la ventana, el tomillo seguía oliendo, y la tarde se quedó tan callada que Daniela oyó su propia respiración.