Cuerpo y sentidosEspañol (Argentina)
La pelela de Santino
En el fondo del patio había una casita de madera con una ventana redonda. Adentro vivía la pelela nueva de Santino, la roja.
Santino tenía tres años y quería una sola cosa: usarla como su hermana grande. Ella ya no usaba pañales y se lo decía a todos.
—Yo también quiero —dijo Santino.
Se sentó, se quedó muy quieto y esperó. Contó una nube, dos nubes, tres nubes. Nada.
—Todavía no —suspiró.
Se levantó. Dio una vuelta, saltó en un pie y volvió a sentarse. Nada otra vez.
Un gorrión se paró en el borde de la ventana. Venía a buscar migas, no a ayudar. Miró a Santino, miró la pelela y picoteó el marco.
—Tic, tic, tic —hizo.
Santino se rio. Después hizo otra cosa. Se acordó de que a él le llegaban las ganas cuando estaba jugando, no cuando las esperaba.
—Ya sé —dijo—. No voy a esperar tanto.
Agarró su camión de bomberos y lo puso sobre las rodillas. Se sentó otra vez, pero ahora jugaba. Hizo sonar la sirenita: ¡iuuu, iuuu! Llevó al camión por un camino de rayitas en el piso. Subió la escalera de juguete, bajó la escalera, apagó un incendio de mentira.
De pronto sintió un cosquilleo en la panza, como si adentro se moviera una mariposa.
—¡Ay! —dijo—. ¡Ahora sí!
Y se quedó muy, muy quieto. El gorrión inclinó la cabeza.
—Plic —se oyó, bajito.
Santino abrió los ojos grandes. Miró a la pelela, miró al gorrión y miró otra vez a la pelela.
—¡Mamá! —gritó—. ¡Vení! ¡Mirá! ¡Lo hice!
El gorrión se asustó y se fue volando con una miga. En la casita quedó la sirenita del camión, que todavía sonaba despacito, iuuu, y la luz de la ventana redonda que caía sobre la pelela roja.