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Fabulada

EmocionesEspañol de España

La cuchara de Vega

Vega es la única niña del pueblo que lleva una cuchara en el bolsillo. Es la cuchara de su abuelo Tomás. Con ella removía el chocolate cada tarde, y siempre tarareaba la misma canción.

Ahora el abuelo está lejos, ayudando a la tía con la cosecha. No vuelve hasta el sábado, y Vega quiere que sea sábado ya.

—Lo echo de menos —le dice a la cuchara.

La cuchara no contesta. En la silla cuelga el abrigo azul del abuelo, al que le falta un botón.

Vega mira por la ventana. Cuenta las tejas del tejado: veintidós. Sigue sin ser sábado.

Entonces se le ocurre hacer un refugio. Junta dos sillas, una manta y la almohada, y se mete dentro. Está oscuro y tranquilo, pero no huele a abuelo.

—Lo echo de menos —dice otra vez, más bajito.

Fuera suena un «¡cras!». Un cuervo se posa en el alféizar. En este pueblo todos saben que los cuervos piden prestada una cosa brillante y siempre devuelven otra distinta. Nadie se extraña.

El cuervo mira la cuchara que asoma del bolsillo. Vega aprieta los labios.

—Está bien. Te la presto. Pero tráemela.

El cuervo se la lleva volando. Vega espera con el corazón apretado. Al rato, ¡pling!, algo pequeño cae sobre el alféizar. Es un botón azul, redondo y brillante.

Vega lo mira. Mira el abrigo de la silla. Y abre mucho los ojos.

Busca aguja e hilo. Cose el botón con la lengua entre los dientes, un punto, otro punto, y otro más. Luego arrastra el abrigo hasta el refugio y lo extiende por encima, como un techo.

Dentro huele a heno y a chocolate. Huele a abuelo.

Vega se acurruca y empieza a tararear su canción. Sale un poco torcida, porque a ella le falta la mitad.

Fuera, el cuervo se asoma al borde de la manta y canta con ella, «cra, cra, cra», todavía más torcido.

Vega se ríe bajito, y el refugio se queda calentito.