EmocionesEspañol (Uruguay)
La nubecita gris
—¡Pst! ¡Nubecita! ¿Por qué suspirás tanto? —preguntó una voz desde abajo.
Era Renata, que chapoteaba descalza en el arroyo, con el agua hasta los tobillos. La nubecita bajó un poquito.
—Estoy triste —dijo—. Todas las nubes de mi cielo son grandes y blancas. Yo soy chiquita y gris.
Renata quería mucho a ese arroyo. Pero estaba casi seco, y los pececitos apenas movían la cola.
—Entonces cambiá de color —dijo Renata.
La nubecita se estiró y se estiró. Se puso en puntas. Pero siguió igual de chiquita.
—Probá con soplar —dijo Renata—. Soplá fuerte, así te hacés grande.
La nubecita infló los cachetes y sopló. Salió un «¡fuuu!» larguísimo, y se le fue todo el aire. Quedó más flaquita todavía.
Renata se rio, y la nubecita también, aunque un poquito.
—Qué cosquillas —dijo la nubecita—. Cuando me río, tiemblo toda.
Renata miró cómo temblaba. Del temblor le cayó una gotita en la nariz. Después otra.
—¡Mirá! —gritó Renata—. ¡Estás gris porque tenés agua adentro!
La nubecita se quedó quieta. Miró sus manchas oscuras. Nunca había pensado en eso.
—Las nubes blancas no tienen —dijo despacito—. Pasan de largo.
—Entonces reite otra vez —dijo Renata—. Pero encima del arroyo.
La nubecita se puso sobre el agua y se rio con ganas. Tiritó entera. Las gotas empezaron a caer: plic, plic, plic, plic, cada vez más rápido. Renata abrió la boca y atrapó una.
Los pececitos subieron a la superficie. El arroyo empezó a hablar bajito, y le subió el agua por los tobillos de Renata.
La nubecita seguía temblando de risa, y cada gotita sonaba en el agua: plic, plic, plic.